Una velada en la Nueva España
He lo aquí!! Mi último "fic" historico, esta vez para mi clase de Novohispana :3
Este año he tenido muchas ideas pero muy poco tiempo para escribir u.u si no logro publicar otra cosita este año espero subir varias cosas en Enero c:
La cita era, naturalmente, en la hacienda del
conquistador en Coyoacán, cuando la tarde ya muriera y las farolas tuvieran que
encenderse. De uno en uno los invitados fueron llegando a los altos portones y
conducidos hasta el salón dispuesto para la velada. Ahí esperaba ya su
anfitrión, acompañado de su compañero de andanzas Bernal Díaz del Castillo,
quien ya gozaba de una copa y unas cuantas remembranzas.
El primero en llegar fue el Fraile Bernardino de
Sahagún, preocupado por las lecciones que debe atender en el colegio de
Tlatelolco pero pronto queda absorto el buen padre con los relatos de Cortez y
Días, quienes se discuten y contradicen en los detalles, uno empeñado en cómo
casi fue nombrado emperador, el otro más bien preocupado por los platillos extraños
y deliciosos que conocieron en esas primeras calurosas noches, mientras Sahagún
trata de indagar todo lo que puede de las costumbres de los naturales.
Y sin que el dialogo se detenga van llegando el
resto: Cervantes de Salazar y Eslava al mismo tiempo, entre los saludos y
cortesías se unen el otro Salazar, de la Cueva y su tocayo Pérez Ramírez. El
tercer Juan, Ruíz de Alarcón, arriba al tiempo con la comida, robándole a esta
los aplausos, pues su corral se quedó muy lejos y son de un dramaturgo el sustento,
argumenta. Por último y con alguna excusa llega Bernardo de Balbuena.
Al fin están todos reunidos, la mesa llena, de
talento y comida se encuentran bien provistos, ahora la velada realmente
comienza. La gran tarea que los reúne tan extraordinariamente es la de por fin
presentar al mundo la capital de la Nueva España, pues Europa esta curiosa pero
aún no sabe nada. ¡Y hay tanto que decirle! ¡Tanto que contarle y explicarle al
mundo entero!
Por supuesto que se debe empezar con el principio,
opinan los conquistadores, ¡Hay que decirle al mundo nuestra travesía! Debemos
decir como nuestro ingenio nos permitió vencer al poderoso ejército, debemos
contar las feroces batallas, ¿Y qué hay de los naturales? Insiste Bernardino,
no podemos olvidar sus tradiciones, sus creencias. ¡Pero son bárbaras! Hubieses
visto su celebración en el templo Mayor. Estaban perdidos solamente, pero el
alma inmortal ya la comprendían, y su medicina y sus lecciones…
Poco a poco abordan la titánica labor de plasmar en
palabras todo lo que los sentidos gozan y lo que el tiempo transforma. La gran
ciudad Tenochtitlan con sus calzadas y templos aún persiste, con otros nombres,
otros dioses, otros tiempos, pero la gente sigue, señalan los poetas, y con
ellos sus risas y sus canciones. No solo hablen de los edificios y las
batallas, escribamos romances, escribamos villancicos, propone entusiasmado
Eslava, escribamos diálogos latinos y los solemnes acontecimientos, añade
Cervantes de Salazar.
Entre endecasílabos, octosílabos, estribillos y redondillas
las horas se escurren volando. Los platos fluyen continuos como las ideas y las
voces de estos letrados hombres, cambiando, remplazándose unos a otros pero
siempre interminables. Los primeros comienzan a cansarse. El anfitrión está
cansado ya y sus días de gloria ya pasados lo dejan ahora lleno de melancolía,
así que con corteses disculpas se retira a pasear por sus jardines. Sin su
capitán Bernal se siente libre de despedirse, el buen Fraile lo
sigue pues sus deberes son muchos y sólo sus pasos pueden llevarlo de regreso.
Tres ya caídos pero para los Juanes la noche todavía
tiene mucho que ofrecerles. Ya la ciudad, su gente y sus costumbres han discutido y plasmado ampliamente, pero ahora hay que presentarla, hay que
escribirle a Europa sobre esta preciosa joya en la que unos nacieron y otros
han venido a redescubrir. Las plumas vuelan sobre los papeles mientras las
cartas se llenan, es el momento estelar de Balbuena, quien hábilmente inserta
en Roma, en Grecia, esta ciudad que no conoce más que primaveras. Y Alarcón la
viste de magia y enredos, junto con Pérez Ramírez le prepara una boda, sin
dejar de recordarle a los novios, que la mentira es mala y si has de practicar
magia cuida que no sea en la cueva de Salamanca.
Ya las epístolas vuelan, al tiempo que despunta el
alba. La ciudad que han construido con sus palabras ya se levanta, fresca como
las flores con el rocío, llena de energía y alegría, laboriosa y devota como su
gente. Y los ilustres caballeros que la construyeron con sus palabras e
ingenios se despiden finalmente, pues la velada acabo y es hora de darle paso
al día y a los que con el vienen, para continuar su labor y bañar en glorias
los siglos imperecederos de la siempre joven Nueva España.
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