Undesired Flashback

Autor: DiAnn.
Genero: Angst
Descripción: Continuación inédita del shoot anterior e igual de corta, tiene un estilo de narración algo peculiar, ¿Se entiende? 

Blanco. El cielo blanco fue lo primero que vio al abrir sus ojos verde musgo y la helada banqueta lo que sintió en su espalda, estaba tumbado en el suelo. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios, los que se rasgaron al estirarse a pesar de estar congelados, pero el dolor no significo nada para el pequeño. Por fin lograba escapar de aquel lugar gracias al descuido intencional de la mujer de la comida y lo único que lograba era morir congelado en la calle.
Su visión fue llenada por el azul pálido de unos ojos que lo miraban desde detrás de unas gafas redondas de montura dorada y eso fue lo último que vio antes de volver a desmayarse.


La tarde ahora era noche y la hora de la lección había terminado, pero Max aún no lograba resolver el último problema.
El niño de diez años mantenía fija su mirada en las letras sobre el cuaderno pero por más que lo intentaba estas no le revelaban la respuesta y su maestro no iba a ayudarlo tampoco, lo sabía, de hecho podía sentir la aburrida mirada de Alejando a su derecha y a su frustración llegando a su límite.

-¡¡Esto es ridículo!! ¡¡Inútil!!- Finalmente explotó, arrojando su cuaderno al otro extremo de la mesa.

-También lo es aventar el cuaderno, ve por él y siéntate, tienes que acabar- La suave voz del pelinegro le calo hondo. Alex nunca perdía la calma y eso solo hacía sentir peor a Max, recordándole constantemente que él no era más que un niño, que jamás podría sorprender al mayor.

-¡No voy acabar! ¡No puedo!- El niño de cabello cenizo se incorporó de la silla, mirando con rabia a Alex.

-Si puedes, solo no lo estas intentado, no vas a lograr nada mirando como tonto al cuaderno- Alejando se irguió en su silla dándole una severa, pero aún, tranquila mirada.

-¡Lo estoy intentado! Pero ¡¡No puedo!! ¡No soy tan listo!- Max gritó con fuerza, estampando sus manos contra la mesa frente a su maestro.

-¡Lo eres!- La elevación en la voz del mayor hizo a Max levantar la cabeza pero solo encontró la expresión imperturbable del rostro de Alejandro. ¿Por qué no podía obtener una reacción de él?

-¡¡No lo soy!! ¿Por qué no lo entiendes? ¡¿Por qué quieres cambiarme?!- Lágrimas traicioneras brotaban ya de los ojos del menor, la rabia sacando la verdadera razón tras su frustración -Jamás vas a quererme…

La triste declaración de su alumno le rompió el corazón al pelinegro pero antes de lograr descifrar como demostrarle que estaba equivocado, Max estampo sus labios contra los suyos, sorprendiéndolo genuinamente.

El pequeño abrió sus ojos lentamente, temeroso de encontrar rechazo en los azules ojos de su mayor, o peor aún, indiferencia, más su corazón dio un giro completo al contemplar la expresión de sorpresa en el rostro del otro, regocijándose  en el rubor que teñía las pálidas mejillas de Alejandro y antes de darle tiempo a la duda, el mayor respondió el beso, ambos cerrando sus ojos, Max volviendo a ser el alumno, dejándose arrastrar dentro del fuerte abrazo de Alejandro.

Esa noche el pequeño de cabello cenizo vio esos ojos azules llenarse de emociones, aprendiendo a leer los verdaderos sentimientos de su mayor, perdiéndose en ellos.


Max abrió de prisa la ventana del tren, sacando su cabeza para buscar a su maestro en el andén, encontrándolo a escasos metros de él. Alejandro se dio prisa para estrechar la ya no tan pequeña mano de su alumno.

-Cuídate Max, por favor- Le suplicó a modo de despedida, su corazón encogiéndose dolorosamente al contemplar el pálido azul de sus ojos llenarse de lágrimas, siendo esa la única vez que veía llorar a Ale.

-Te lo prometo- Contestó tratando de contener sus propias lágrimas, estirándose hasta conseguir un último contacto con esos dulces labios. El tren comenzó a moverse con un fuerte silbido, la desesperación finalmente apoderándose de él al no ser capaz de seguir sosteniendo la mano de su mayor y el pánico inundando los pálidos ojos del pelinegro mientras veía alejarse a su pequeño.


Con un sobresalto el chico de casi 20 años se incorporó sobre su cama, las sombras recordándole en donde se encontraba. Con la respiración agitada, el chico llevo una mano a su rostro, maldiciendo a su memoria que insistía en traerle aquellas mismas lágrimas derramadas hacía casi seis años al perder para siempre a su maestro.  

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